Las crisis: el caso mexicano 2020.

En economía, es un principio elemental considerar que todas las crisis son diferentes por sus causas temáticas, dimensiones geográficas, duración y profundidad. En este sentido, podemos decir que hay nacionales, como la crisis monetaria conocida como del “Efecto Tequila”, ocurrida en México durante 1994; hay regionales, como la llamada “Crisis Financiera Asiática”, ocurrida en Asia durante 1997-1998 y; como tercera categoría, está la crisis general, como la Gran Depresión Mundial de 1929, que también fue llamada Gran Crisis de Sobreproducción, cuyo alcance y profundidad prácticamente afectó a todos los países del mundo.

Pero también hay crisis combinadas o mixtas: son aquellos momentos en los que confluyen dos o más tipos de crisis con sus propios efectos. Como ejemplo, podemos referirnos a la que vivimos hoy en México, en la que coinciden una crisis nacional iniciada durante el 2019, provocada por la falta de confianza del sector productivo en la errática política económica gubernamental, que propició una caída del Producto Interno Bruto que pasó de +2.1% al -.1%, una crisis que ya venía y se encontró en el camino con la crisis mundial del COVID-19 (2020), una mezcla que ha propiciado los peores pronósticos de crecimiento para la economía mexicana, pues se estima que el PIB podría decrecer durante los próximos dos o tres años, en cuando menos un -6%, algo que sin duda será catastrófico para un país cuyo 60% de la población ya vive en condiciones de carencias básicas.   

La crisis general que hoy estamos viviendo en el mundo y en México, llamada crisis del COVID-19, a tan solo cuatro meses de haber iniciado en China, ya extendió sus efectos devastadores a 174 países, específicamente para el caso mexicano, podemos mencionar los siguientes:    

El primer gran efecto que trae es la pérdida de vidas humanas que morirán indefensas por la falta de medios de atención y cura definitiva. El segundo efecto son las decenas de miles de personas infectadas que requieren atención médica y hospitalaria y que, de salvar sus vidas, habrán sufrido una experiencia aterradora que sin duda cambiará su futuro.

Como sabemos, hasta hoy, las únicas recomendaciones preventivas pertinentes son: el aislamiento y distanciamiento físico de las personas, dos medidas defensivas pero devastadoras en la naturaleza gregaria y económicamente interdependiente del ser humano.

En materia económica, el aislamiento y distanciamiento físico han llevado al cierre parcial o total de cientos de miles de empresas manufactureras, comerciales, de servicios turísticos, oficinas gubernamentales, de servicios técnicos y  profesionales, servicios de transporte; cancelación de contratos de servicios, cancelación de eventos, entre muchos otros efectos negativos.

El cierre de las empresas significa detener las líneas de producción, aplazamiento de contratos y pedidos, interrupción de las cadenas de suministro de materias primas y de abasto para la población, pérdida de ingresos de flujo corriente, cuentas por pagar, reducción de la plantilla de personal operativo y administrativo, reducción de sueldos y salarios, despidos con o sin prestaciones, es decir, una suspensión operativa al interior de cada unidad productiva.

El aislamiento físico y la parálisis económica implican pérdida de ingresos, falta de producción, deterioro en los bienes de capital productivo e incluso destrucción de la propia maquinaria y equipos en la industria, el comercio y los servicios, generándose pérdidas cuantiosas en la estructura productiva del país. Incluso los vehículos de los particulares tienen que ser revisados al menos una vez cada semana, para evitar que se bajen las baterías, las llantas o se peguen los motores.

El aislamiento físico o confinamiento social trae la insuficiencia productiva y esto puede generar escasez en algunos productos e incremento gradual de precios, sobre todo en aquellos bienes donde la cadena de producción y suministro esté resultando más afectada. 

La pérdida de ingresos por sueldos, salarios, comisiones, propinas y utilidades, conduce a al detrimento del poder adquisitivo, y éste al deterioro paulatino de la calidad de vida del ciudadano, y puede llegar un momento en el que decenas de miles de  familias no tengan dinero para adquirir los bienes básicos.

Mientras más tiempo dura una crisis, mayor es el desgaste del tejido productivo, y mayores son los efectos negativos sobre la sociedad en su conjunto.

Pero, ¿de qué depende la profundidad y los efectos de una crisis como la que estamos viviendo?

  1. De la eficiencia del gobierno para organizarse internamente y para organizar a la sociedad: a los sectores productivos, organizaciones políticas, organizaciones ciudadanas, instituciones sociales, entre otras, para consensuar un plan multifactorial de contingencia para la defensa y amortiguamiento de la crisis.
  2. Depende de la cantidad de medidas, acciones administrativas y recursos públicos, privados y sociales que puedan colectarse en torno al plan, para destinarlos con transparencia y en la más justa medida, proteger a la planta productiva, el empleo, y a los sectores más vulnerables de la sociedad.

Si no hubiese recursos suficientes para el Plan de Contingencia, la adquisición de deuda pública es un recurso inminente por parte de los países con menos posibilidades, pero se debe recurrir a ella de manera oportuna para evitar una desproporcionada pérdida de vidas, para disminuir la caída drástica de la demanda social, para evitar la destrucción del capital productivo, y desde luego, para evitar en lo posible la pérdida de fuentes de empleo y un mayor empobrecimiento social.

De la capacidad de respuesta de cada gobierno y la sociedad, depende la magnitud de tiempo, la profundidad, y los efectos negativos para la sociedad y el tejido productivo, pues cuando esta crisis sanitaria y económica disminuya en sus efectos, comenzará el segundo capítulo de la historia, la recuperación social y económica que no se darán en automático.

Cuando el tornado de la crisis termine y, poco a poco en los distintos países, se vaya levantando el confinamiento social para reanudar la vida social y productiva, iniciará un lento y lamentable recuento de daños.

Algunos habrán perdido a uno o más de sus seres queridos, ello marcará y cambiará la vida familiar y social para siempre.

Los empresarios volverán a las fábricas, a los negocios, a los despachos, todos a limpiar el polvo y hacer un recuento de los daños aparentes.

Habrá que poner en marcha la maquinaria y eso representa un costo que no se tenía contemplado, habrá que hacer reparaciones, comprar materia prima, hablar con los clientes para reanudar contratos y abastecer pedidos. Pero muchos de esos clientes quizá ya no contesten el teléfono, porque sin dinero en la caja ya no podrán reanudar su vida productiva, por lo menos en ese momento.

En el pequeño y mediano negocio habrá que levantar la cortina, llamar al personal, recontratar o contratar nuevos empleados, limpiar y poner en marcha todo. Pero si no hay ahorros, crédito o algo que vender para reanudar ese negocio, la cortina no podrá levantarse, llegarán los empleados a tocar la puerta, nuevos buscadores de empleo se ofrecerán a colaborar, quizá todo eso sea en vano.

Cuando el tornado de la crisis pase, lamentablemente muchas empresas, negocios grandes, medianos o pequeños se agregarán a la suma de pérdidas de la crisis económica nacional y la internacional del COVID-19, los primeros estudios revelan que al menos 200 mil negocios no podrán reanudar.

Muchas personas que tenían un empleo estable y aparentemente seguro, quizá no lo vuelvan a recuperar o no puedan encontrar otro en las mismas condiciones para el sostenimiento de su familia, las cifras oficiales hablarán de la pérdida de 350 mil empleos en tres semanas, y los estudios preliminares hablan de la pérdida de 1.5 millones de fuentes de trabajo.

Hasta el momento, la reacción gubernamental Mexicana ha sido muy lenta, informal, frívola, no se propició la coordinación inmediata con las organizaciones científicas y del sector salud para dimensionar el tamaño del problema, no hubo un llamado urgente a la sociedad para concientizarnos y tomar medidas oportunas, tampoco se recurrió a la imprescindible coordinación del pacto federal entre órdenes de gobierno, se fracturó la coordinación del gobierno federal con el sector productivo nacional, no se destinaron oportunamente recursos para apoyar a la planta productiva y el empleo, nunca vimos un plan general contra la contingencia, solamente se destinaron de manera tristemente opaca, más recursos para los programas sociales que de por sí ya contaban con presupuesto para todo el 2020.

México es hoy, como una balsa con sobrepeso y a la deriva, en medio de un océano con gran tormenta, sin olvidar que la seguridad pública continúa siendo el talón de Aquiles del país, esto podría atraer otras crisis: la de pillaje callejero y la crisis política, lo que convertiría al país en un escenario jamás deseado.

J. Lauro Sánchez López

J. Lauro Sánchez López

Lic. en Economía y Filosofía, Puebla, Mex.

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