La izquierda mexicana: una mala experiencia

Los científicos sociales Carlos Marx y Federico Engels, filósofos, economistas y políticos de mediados del siglo XIX, influenciados por el pensamiento de Georg Wilhelm Friedrich Hegel, consideraron que el sistema capitalista era negativo para la clase trabajadora y que, por tanto, era necesario someterlo a una revisión radical. Por ello, en 1848 propusieron el Manifiesto Comunista, en el que expresaron sus razones para plantear una revolución protagonizada por los trabajadores, que pusiera fin a la propiedad privada y la lucha de clases sociales.

La teoría política de ambos, que después fue complementada por la publicación de “El Capital”, generó una gran polémica, aunque su llamado a la revolución no tuvo mayor repercusión. No obstante, su pensamiento tendría un profundo impacto en el naciente siglo XX, pues proveía el marco teórico esencial en el que Vladimir Ilich Lenin, Leon Trotsky, José Stalin y demás miembros del partido Bolchevique, se basaron para llevar al cabo la Revolución de Octubre en la Rusia post-zarista de 1917.

El propósito de estas reflexiones, es plantear que la teoría política de Marx y Engels fue, y como estudio histórico continúa siendo razonable, para conocer las circunstancias que prevalecieron en el desarrollo socioeconómico de aquel tiempo, pues representa un estudio minucioso de los modos de producción en general, y del sistema capitalista en particular.

Sin embargo, lo que lo ha desprestigiado al máximo, fue la interpretación ideológica que se hizo de él, ya que fue convertido en un texto doctrinario para encasillar a la Revolución Rusa como una lucha de clases para instaurar “la dictadura del proletariado” y que se pervirtió por obra y gracia de sus gobernantes, convirtiéndose en burocracia de abusivos y absolutistas, que se beneficiaron del gobierno socialista, sin que la clase trabajadora haya recibido beneficios como: la libertad política, la inclusión social y la equidad económica que habían planteado Carlos Marx y Federico Engels. Hoy, como bien sabemos, Rusia ya regresó a la senda capitalista neoliberal moderada, mucho mejor regulada de lo que está en Occidente y China.

Pero a 172 años de la publicación del Manifiesto Comunista, y después del desenlace político, económico y social que tuvo el socialismo en la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), hoy, desconociendo todo posible razonamiento respecto a la sustentabilidad económica de la sociedad, aún encontramos reminiscencias ideológicas rezagadas, dispersas y quiméricas, que pretenden cambiar al mundo utilizando a los grupos sociales más desprotegidos, para conformar un ejército de incondicionales, que mediante la revuelta social destruyan el régimen democrático y el sistema económico sobre cuyas bases, aunque imperfectas e inacabadas, descansa la sociedad. 

En el caso mexicano, las ideas fundamentalistas de la lucha de clases y la dictadura del proletariado, encontraron tierra fértil en los campus de las universidades públicas de la primera mitad del siglo pasado, ahí se conformaron: células de fanáticos, activistas estudiantiles, pequeños partidos comunistas y socialistas y, en menor medida, pequeños y dispersos grupos socialistas agrarios.

A pesar del escaso éxito político que estas células ideológicas tuvieron en el siglo pasado, muchos de ellos se han mantenido latentes, refugiados en las aulas y sindicatos universitarios, donde en círculos afines repasan una y otra vez la historia de sus añoranzas, retroalimentándose con la misma fe que lo hacen grupos de fundamentalistas de cualquiera religión, esperando enajenadamente que el tiempo y las condiciones históricas les den la oportunidad de llevar a cabo sus propósitos ideológicos de la lucha de clases.

Albert Camus nos ha enseñado que “el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás”, que siempre está ahí, junto a nosotros para reaparecer en el momento menos esperado. Así los prosocialistas universitarios, ahí estuvieron viviendo en la  comodidad que les brindan los contratos sindicales universitarios, en espera de las condiciones políticas para reaparecer con sus viejas ideas y métodos de lucha violenta y antidemocrática, no les gusta la democracia porque la consideran burguesa, solo creen en la dictadura del proletariado y el estado totalitario.

De entre muchos alojados en distintas instituciones de educación superior, que alimentados y movilizados por el triunfo rancio de las reminiscencias ideológicas socialistas de la revolución de octubre de 1917, se mantuvieron pacientemente esperando el momento oportuno para resurgir, se encuentran: Paco Ignacio Taibo II, John Ackermann, Armando Bartra, Martín Batres y Gerardo Fernández Noroña.

El 2 de julio de 2018, fue el momento en que sus quiméricos sueños de toma del poder fueron consumados por una elección democrática que declaró Presidente de México a Andrés Manuel López Obrador, fue esa elección la que les dio la oportunidad de generar un gobierno como lo establece la máxima legislación nacional, pero todo parece indicar que ellos entendieron otra cosa, entendieron que ya podían ejercer el poder como lo establecen sus manuales ideológicos, de manera hegemónica y por sobre cualquier crítica o legislación democrática.

Andrés Manuel López Obrador no es un revolucionario, como se autodefine en sus peroratas mañaneras o en sus proclamas discursivas durante los múltiples “informes” que emite a la nación, y que en realidad están dirigidos únicamente a mantener a su esperanzada clientela política electoral, que por desgracia de la cultura política mexicana es una clientela nada menor, ya que 30 millones de votantes lo eligieron, pero que a más de un año de gobierno le queda mucho menos que eso.

Andrés Manuel López Obrador es un hombre ecléctico, en la peor acepción del concepto, su pensamiento está conformado por pedacitos de las historias que le van contando, que le gustan y va guardando en su memoria como postulados sagrados, gracias a ellos y con mucha terquedad, se formó una idea de cómo ascender al poder, por eso en sus discursos menciona a personajes muy respetables, pero disímbolos en tiempo y circunstancias, en este sentido, además de ser un hombre ambicioso de poder, pero ayuno de una cultura política integral, su pensamiento político es raquítico, ahistórico y absolutista.

López Obrador es un político más bien egocéntrico, enajenado y dogmático, que de joven se obsesionó con la lucha por el poder, y ahora que lo conquistó ya no sabe qué hacer con él, es un hombre extemporáneo, sin ideas ni proyectos viables, es un ocurrente improvisado que a diario embriaga sus delirios de grandeza política con las alabanzas que le profieren sus “camaradas” prosocialistas universitarios, porque hoy, el Presidente de México es “el camarada Andrés Manuel”, así lo llaman sus más connotados consejeros ideológicos: Taibo II, Bartra, Ackermann y los congresistas Fernández Noroña y Batres, entre muchos otros.

En este sentido, quien hoy gobierna a México, es un hombre pragmático, asociado a un rebrote de ideáticos prosocialistas, cuyas ideas inspiradoras campearon por el mundo a finales del siglo XVIII y buena parte del siglo XIX. Por eso, hoy, ambas partes conforman un binomio populista con viejas ideas paternalistas, asistencialistas y justicieras por propia mano.

Pero quisiera mencionar algunas características que inspiran la práctica política de estos hombres que se autonombran revolucionarios, como quien hoy es Presidente de la República Mexicana, un hombre incentivado o azuzado constantemente por sus camaradas y consejeros de cabecera. 

Los bolcheviques de la Revolución Rusa, de facto dividieron a la sociedad en revolucionarios y conservadores: los revolucionarios eran ellos y los “conservadores burgueses” todos aquellos que no coincidían con ellos, a quienes, por tanto, se les debía aplicar todo tipo de medidas de linchamiento político, social, y, por supuesto, también la pena de muerte. Algo por demás parecido a lo que sucede hoy en México.

Los Bolcheviques, que hoy inspiran a los autodenominados revolucionarios mexicanos en el poder, no querían ciudadanos libres ni con pensamiento propio, querían incondicionales, incapaces de cuestionar una orden.

En función de lo anterior, las características más distinguidas de esta especie de revolucionario mexicano son: el radicalismo ideológico, la intolerancia política y la violencia extrema, estos son sus principios de lucha para conquistar y ejercer el poder.

En el 2019, Paco Ignacio Taibo II pronunció un obsceno discurso en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), en el que sostuvo categóricamente que él se reconocía como un “producto de la lucha de clases”, y sentenció que “la venganza contra los enemigos ideológicos es sagrada”, porque es “el derecho reivindicativo del pueblo” y, como el pueblo son ellos, entonces, ellos “ejercen el derecho a la venganza” contra quienes a su juicio no son el pueblo. https://www.facebook.com/radiobuap969/videos/373206723577034/

Para ellos, los autodenominados revolucionarios, en la lucha solo existen dos caminos: la vida gloriosa de “la revolución proletaria en el poder” o la muerte heroica en la lucha por la emancipación del pueblo.

Para ellos, el poder no se comparte, se ejerce, por eso, una vez que han conquistado el triunfo, dictan sus propias reglas modificando las leyes nacionales sin escuchar ni considerar a nadie, las van adaptando a sus intereses porque la sociedad ya no cuenta, así llegó Paco Ignacio Taibo II a la Dirección General del Fondo de Cultura Económica, sin méritos para ello ni respeto al cargo.

Para ellos, cualquier sacrificio de la sociedad, así sea el linchamiento social, la privación ilegal de la libertad o el genocidio, están justificados porque los fines de la lucha lo demandan y justifican, utilizan frecuentemente la frase “el fin justifica los medios”.

Los discursos insistentes pretenden ser una especie de hipnosis para crear en quienes ellos llaman “las masas” o “el pueblo” la ilusión de bienestar y prosperidad plena, aunque en las experiencias mundiales que conocemos de este tipo nunca hemos visto al pueblo “feliz, feliz”.

Sus discursos delirantes que dirigen a “las masas” o “el pueblo”, son constantes e insistentes en lo mismo “la felicidad del pueblo”, discursos vacíos que no tienen otro propósito más que mantener a sus seguidores e ideologizarlos, considerando que una mentira repetida mil veces termina siendo una verdad consentida, aunque la realidad diga otra cosa.

Para ellos, el optimismo permanente es una necesidad fundamental, por lo mismo, en ellos no existe la posibilidad del error, lo niegan, haciendo de sus barbaridades y aberraciones cotidianas, supuestas victorias que publicitan como batallas ganadas a los conservadores.

Ante la crítica democrática los “revolucionarios” absolutistas y pragmáticos en el poder, siempre responden radicalizando su actitud, su causa imaginaria pretende justificar cualquier vileza, por eso, hasta una crisis sanitaria y económica como la que azota a México y el mundo, les viene como “anillo al dedo” para sus planes ideológicos.

Su máximo delirio fundamentalista es que el juicio de la historia los absuelva y los consagre como héroes de la lucha revolucionaria.

Concluyo diciendo que, la cultura democrática se ha impuesto en muchos momentos de la historia a las dictaduras de los hombres ambiciosos de poder, la sociedad contemporánea, la de la tercera revolución industrial, ya no piensa en un gobierno corporativo que reparta migajas como sucedió en el pasado, hoy deseamos ser una sociedad que resuelva sus problemas en el marco de un sistema político democrático, plural, participativo, sin exclusiones ni violencia, que nos permita ser cien por ciento productivos.

Pero el presidente Andrés Manuel López Obrador y sus “camaradas” no entienden esta realidad del país, del mundo. Su invento de la “cuarta transformación (4T)” no tiene sentido, ya no funcionó porque sólo es imaginaria, el tiempo del beneficio de la duda ya concluyó y la sociedad mexicana no quiere ser gobernada por un grupo de fanáticos y egocéntricos en potencia, el arribo de la izquierda mexicana al gobierno fue un error e históricamente será una muy mala experiencia para el México que ya cuenta los días para volver a las urnas.

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